Microsoft ha introducido cambios en cómo se gestionarán las actualizaciones de seguridad de Windows 10 tras el fin de su soporte oficial en octubre de 2025. Aunque en principio el sistema dejaría de recibir parches, ahora se permitirá seguir obteniendo actualizaciones críticas durante más tiempo en algunas regiones, como Europa.
Para acceder a estas actualizaciones extendidas, los usuarios deberán cumplir ciertos requisitos, siendo el más importante el uso de una cuenta de Microsoft. Esto supone un cambio relevante, ya que quienes usaban cuentas locales tendrán que adaptarse si quieren seguir protegidos.
El sistema se basa en el programa ESU (Extended Security Updates), que ya se había aplicado en versiones anteriores de Windows. En algunos casos, el acceso inicial puede ser gratuito, pero con el tiempo podría implicar costes o condiciones adicionales.
Este movimiento responde a la gran cantidad de usuarios que aún utilizan Windows 10. Microsoft busca reducir riesgos de seguridad mientras impulsa progresivamente la migración hacia Windows 11 y su ecosistema.
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La inteligencia artificial ofrece grandes beneficios, pero también implica riesgos importantes que deben tenerse en cuenta. Uno de los principales es el uso malicioso de esta tecnología, como los ciberataques más avanzados, la creación de desinformación o la manipulación de contenidos. Además, el uso masivo de datos plantea serias preocupaciones sobre la privacidad y la seguridad de la información personal.
Otro riesgo relevante es el impacto en el empleo, ya que la automatización puede sustituir muchos trabajos, especialmente los más repetitivos. A esto se suma el problema de los sesgos en los algoritmos, que pueden generar decisiones injustas o discriminatorias si los datos con los que se entrenan no son adecuados. También preocupa la falta de transparencia en muchos sistemas de IA, que dificulta entender cómo toman decisiones.
Por último, existe el riesgo de una dependencia excesiva de la tecnología y, a largo plazo, la posible pérdida de control sobre sistemas muy avanzados. Por ello, el verdadero desafío no es detener el desarrollo de la inteligencia artificial, sino garantizar que se utilice de manera ética, segura y responsable mediante regulaciones y buenas prácticas.
Microsoft ha vuelto a encender la polémica con su última recomendación: si tu ordenador no es compatible con Windows 11, deberías considerar reemplazarlo por uno que sí lo sea. Esta vez, la sugerencia no se queda solo en los argumentos de rendimiento o experiencia de usuario, sino en algo mucho más serio: la seguridad.
Recientemente, Microsoft publicó un boletín de seguridad sobre una vulnerabilidad crítica en el sistema operativo, relacionada con una característica que permite a los atacantes ejecutar código malicioso mediante un archivo diseñado específicamente. Lo grave del asunto es que el parche para esta vulnerabilidad solo ha sido lanzado para Windows 11, y no llegará a Windows 10, a pesar de que sigue siendo un sistema oficialmente soportado hasta octubre de 2025.
Esta situación revela un giro preocupante: Microsoft podría estar priorizando la seguridad en Windows 11 incluso antes del fin del soporte oficial de Windows 10, lo que pone en una posición comprometida a millones de usuarios con equipos que aún funcionan, pero que no cumplen los requisitos técnicos (como TPM 2.0 o procesadores recientes) para actualizar al nuevo sistema.
¿Por qué esto es importante? Porque Windows 10 sigue estando en millones de ordenadores en todo el mundo, y esta decisión implica que incluso antes de 2025, estos dispositivos podrían quedar expuestos a amenazas activas sin posibilidad de recibir protección oficial.
Esta brecha de seguridad que solo se soluciona en Windows 11 ha sido el detonante para que Microsoft aconseje directamente reemplazar los dispositivos no compatibles, alegando que el coste de no actualizar podría ser más alto que el de comprar un nuevo PC.
La reacción no se ha hecho esperar. Expertos y medios han criticado esta postura, ya que podría provocar que hasta 240 millones de ordenadores terminen convertidos en basura electrónica, a pesar de ser perfectamente funcionales para tareas cotidianas. Una decisión que no solo afecta el bolsillo de los usuarios, sino también el planeta.
Aunque parezca increíble, «123456» sigue siendo una de las contraseñas más utilizadas en todo el mundo. Es corta, fácil de recordar… y también una de las primeras que prueban los ciberdelincuentes cuando intentan hackear cuentas. Esto convierte a cualquiera que la use en un blanco muy fácil.
Según datos recientes, millones de personas siguen usando combinaciones simples como «123456», «password», «admin» o incluso sus fechas de nacimiento. ¿El problema? Estas contraseñas aparecen constantemente en las bases de datos filtradas en la dark web, y los hackers las prueban de forma automática con herramientas que tardan menos de un segundo en descifrarlas.
¿Por qué no deberías usar números como «123456»?
Porque ya están registrados como contraseñas débiles en prácticamente todas las listas negras de ciberseguridad. Son el equivalente digital a dejar la llave debajo del felpudo. Da igual que creas que «a ti no te va a pasar», porque cualquier cuenta —desde una red social hasta tu correo electrónico o banca online— puede ser objetivo si está mal protegida.
¿Cómo crear una contraseña segura?
Aquí van algunas recomendaciones básicas pero efectivas:
-Usa una combinación de letras mayúsculas y minúsculas, números y símbolos especiales.
-Evita palabras del diccionario, nombres propios, fechas o secuencias fáciles.
-No repitas la misma contraseña en diferentes cuentas.
-Usa un gestor de contraseñas para generar y guardar claves seguras.
-Activa siempre que puedas la autenticación en dos pasos (2FA).
¿Y si no me la quiero memorizar?
No tienes por qué. Hoy en día existen gestores de contraseñas como LastPass, Bitwarden o el integrado en tu navegador, que generan claves aleatorias fuertes y las almacenan de forma segura. Así, puedes tener contraseñas como “F#7n93@Klw!” sin tener que recordarlas tú mismo.
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